lunes, 28 de noviembre de 2016

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA (Madrid)

Os dejo esta propuesta de resolución de comentario crítico. En ella he aplicado lo que tanto os repito: no exponer teoría sobre movimiento, autor, parafrasear el texto o contar la novela. Ni mucho menos hacer juicios de valor sobre el gusto o el disgusto de cualquier personaje, asunto de la trama o del final. Eso son valoraciones infantiles no propias de la madurez lectora que debe haber adquirido un@ alumn@ de bachillerato.  

Hablar de los asuntos que nos presenta el texto con todos los recursos de que dispongamos. “Sacarle punta”. Y ninguna referencia que cito y trabo en el comentario os es ya ajena (o no debería serlo).

En esta época era todavía Madrid una de las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico. Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador. El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación, vivía el Madrid de hace años. Otras ciudades españolas se habían dado alguna cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad, sin deseo de cambio. El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.

Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir llevando

a sangre y a fuego
amores y desafíos.

El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional. 

Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray.. España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo: todo lo español era lo mejor.[...]

Pío Baroja: El árbol de la ciencia.

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El texto propuesto es un fragmento de uno de los primeros capítulos de El árbol de la ciencia de Pío Baroja, novela que se publica en 1911 de la que el mismo autor afirmó que, por su carácter filosófico y pseudobiográfico, era el libro más acabado y completo de todos los que había escrito.

Andrés Hurtado, protagonista de la novela, ingresa en la universidad para estudiar medicina, un narrador-autor en tercera persona traslada las impresiones y sensaciones que el personaje experimentará cuando llega a Madrid a finales del siglo XIX, dando ya muestras de la desilusión que anidará en el protagonista que lo conducirá a una desubicación vital por su innato carácter reflexivo y personalidad sensible.

La subjetividad del narrador nos presenta a una ciudad anclada en el pasado, fosilizada en ese “espíritu romántico”. Baroja expresa aquí una severa crítica a ese romanticismo decimonónico tardío que es el que triunfa en España, el que representará el tradicionalismo moralista, frente al romanticismo que representaron Espronceda y Larra, referentes de esa corriente rebelde, comprometida y rompedora. También está presente en esa crítica al espíritu romántico su afiliación a la corriente que sucederá al Romanticismo, el Realismo. Evidentemente Baroja está mucho más próximo a Galdós y Clarín,  a esa forma de ver y analizar la realidad bajo una estética que conlleva la ética. Las convicciones ideológicas  del autor salen a flote a través de esta visión crítica, que sin pormenorizar ni entrar en los detalles, dejan muestra evidente del lastre que supuso para España el triunfo de los valores costumbristas y la ideología conservadora con un fortísimo protagonismo de la moral cristiana,  residuos de un pragmatismo viejo y sin renovación, del inmovilismo que no se dejó seducir por el deseo de cambio y desarrollo europeo.

Esto representaba Madrid, capital del la Villa y Corte, frente a otras ciudades que se habían subido al carro europeísta. Evidentemente, Baroja se refiere a Barcelona, referente económico y cultural que acogerá el Modernismo con el que la ciudad floreció y resplandeció más allá de los Pirineos. Frente a esta innovadora, colorista, sugerente y dinámica corriente modernista, están los hombre del 98, entre los que se sitúa Pío Baroja. Serán los que trasladen esa decadencia y crítica del atraso de una España que ya ha perdido sus colonias transatlánticas pero que, en lugar de enfrentarse a la realidad y hacer valer el espíritu emprendedor con visión de futuro,  se vanagloria de ese pasado glorioso de una forma absurda y engañosa, postura que los hombres del 98 fundamentan  en el determinismo positivista  (“somos así por naturaleza”).

En este ambiente se ubican los estudiantes, tantos los de la capital como los de provincias. Especialmente en ellos recae otra reflexión crítica del narrador-autor por sus comportamientos y aspiraciones. El estudiante llegado de provincia es en el que mejor arraigó el espíritu donjuanesco. En esos años el Don Juan de Zorrilla se ha convertido en el referente literario más popular, (su estela llega a nuestros días). Los valores transgresores del personaje creado por Tirso de Molina en el Barroco son edulcorados por este romanticismo tardío idealista y moralizante. Sin embargo, el valor lírico y sentimental que redime Don Juan Tenorio por la fuerza del amor en el otro mundo, también habían sido soslayados por la mediocridad cultural, transcendiendo  del Don Juan de Zorrilla, social y culturalmente, aspectos superficiales como la bravuconería, la frivolidad y las veleidades del cortejo amoroso, que es lo que critica Baroja cuando alude a estos comportamientos de los jóvenes estudiantes de provincia que, lejos de las sociedades cerradas de las que proceden, en la gran urde de Madrid, podían correrse juergas y faldas –“Baroja utiliza la metáfora “oxigenarse”- sin dar pábulo a comentarios que cuestionaran su educación y pusieran en evidencia la buena reputación de sus familias. Benito Pérez Galdós recogerá el mismo perfil en un estudiante de la capital en el personaje de Juanito Santa Cruz de Fortunata y Jacinta con muchos más detalles: hijo de una familia burguesa, sin intereses intelectuales, consentido…, cultivador de ese donjuanismo cínico y abyecto que encajaba en esa sociedad de las apariencias.

Es de destacar el tono irónico con el que el autor se refiere a los políticos españoles, recurso al servicio de la crítica social, en este caso de la clase política española igualando a políticos de diferentes ideologías y trayectorias, como en otros momentos recurrirá al sarcasmo para referirse a los profesores universitarios y su forma de impartir las clases de medicina. Baroja saca a relucir el orgullo patrio más ignorante: si no hablaban de España, tampoco hacía falta, aquí teníamos a unos grandes oradores que eran la envidia de los políticos europeos y, por ende, España era envidiada por su idiosincrasia.  En definitiva, Baroja nos transmite uno de los mayores males del ser humano, el traducir el complejo de inferioridad con la vanagloria  de los valores más autóctonos pero obsoletos. Los autores del 98, reformistas y regeneracionistas, defensores de la ruptura del vínculo Iglesia-Estado, rechazaban por completo esos argumentos considerándolos estúpidos, demagógicos y pueriles.

De aquellas prostrimerías del siglo XIX a estos albores del siglo XXI mucho han cambiado las cosas. Aunque las personalidades librepensadoras y  con sentido crítico  como lo fue Pío Baroja, encuentran en la actualidad motivos más que suficientes para profundas reflexiones relacionadas con los asuntos que se tratan en este fragmento y en la obra barojiana.

Madrid hoy es una ciudad moderna y cosmopolita, un referente cultural; a ningún estudiante universitario se le ocurriría comportarse en un aula universitaria en los términos que describe Baroja; los profesores universitarios están en consonancia con las metodologías y contenidos de las enseñanzas que se imparten en el extranjero. Pero es ese espíritu crítico el que se detiene hoy también en esa dolencia que sigue determinando el avance de España, en la resistencia a la apuesta firme por la investigación, la innovación y el desarrollo, que no nos permite desalojar los últimos puestos con respecto a los países de nuestro entorno.

¿No apostar por la investigación es fruto de la crisis económica y los recortes, o por contra responde a una tendencia histórica heredada durante siglos? Puede que esto último sea lo que motive lo primero. La resistencia história, la falta de confianza y de visión de futuro, de determinación para apostar por las inversiones en I+D, cuyos réditos en la generación de  riqueza y desarrollo están más que demostrados. Claro ejemplo de ello es el valiosísimo legado de Santiago Ramón y Cajal, que en aquel oscurantismo científico deslumbró al mundo científico y sirvió para poner en valor la investigación científica en aquella España atrasada, pero ese modelo individual de personajes sobresalientes como el de Cajal es el que sigue imperando en nuestra clase científica, poco valorada y remunerada que, desgraciadamente, tiene que emigrar en muchos más casos que lo deseable por la carencia de apuesta firme por la ciencia como proyecto colectivo.  

Como futura estudiante universitaria, empiezo a sentir la preocupación porque tenga que seguir los pasos de tantos y tantas jóvenes que han tenido que irse a países extranjeros en busca de oportunidades laborales o para la investigación.  Confío en que las cosas cambien y en que el grado de frustración posible no desemboque nunca en la angustia existencial de Andrés Hurtado…  

La lectura de El árbol de la ciencia me ha mostrado un tiempo, un espacio y unos personajes con los que a  través de la narración de Pío Baroja logras empatizar. Sin duda volverá a caer en mis manos en un futuro para desentrañar todos esos pasajes filosóficos que han dificultado la lectura, que incluso la hicieron tediosa, aunque detrás de la complejidad de las reflexiones de Hurtado e Iturrioz, emergía el pensamiento claro y rotundo de un referente de aquel tiempo, de un intelectual independiente y escéptico que representa una de las miradas más genuinas y sobresalientes de la reflexión crítica y la creación literaria hispana.


Rosa Ortega Díaz.  

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