domingo, 12 de febrero de 2017

LOS GIRASOLES CIEGOS

Os dejo un comentario sobre este fragmento de Los girasoles ciegos con la misma intención que los anteriores que os he proporcionado. De las obras literarias propuestas para la PAU se seleccionan fragmentos representativos, como este de “Los girasoles” (que ya fue texto de examen y ya no lo será más), en los que es fácil incrustar en la resolución del comentario crítico ideas compatibles con cualquier fragmento, siempre que ubiquéis bien el texto en el conjunto de la obra, que hayáis delimitado correctamente el tema y la estructura (preguntas previas), y que comentéis peculiaridades concretas del fragmento. Este texto está muy comentado en la red por otros colegas, yo he elaborado otra propuesta. Siempre os lo digo, no puede haber dos comentarios iguales, estarán los que sean mejores y los que sean peores. 

Insisto en lo de siempre: el comentario crítico no es hacer juicios de valor, es saber interpretar la finalidad del emisor y relacionar el tema con conocimientos y pensamiento crítico que se corresponda y se vincule al tema. Ni es redactar una crítica literaria ni una crítica ideológica o moralizante. Es un texto expositivo- argumentativo en el que la argumentación está al servicio de la exposición. 

Por fin, llegó [el capitán Alegría] a Somosierra, un pueblo de granito y pizarra que necesita el paisaje para ser hermoso. Llegó al atardecer, con un sol oblicuo y denso a sus espaldas que le permitió acercarse a la caseta del fielato' donde los guardianes del camino habían instalado sus reales. Allí estaban los soldados del ejército que había ganado la última batalla, con los uniformes, las botas, los tabardos y las armas que él había administrado tantos años. No sintió ni nostalgia ni arrepentimiento, pero sí melancolía.

[...] Observó la parodia de un cambio de guardia, hecho al buen tuntún y con una desgana que reflejaba más hastío que victoria.

Debió de ser entonces cuando nació la reflexión que recogió en unas notas encontradas en su bolsillo el día de su segunda muerte, la real, que tuvo lugar más tarde, cuando se levantó la tapa de la vida con un fusil arrebatado a sus guardianes.

«¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra? No, ellos quieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos. Se amalgamarán con quienes han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por el estigma de sus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo, como el vencido, al vencedor real, que venció al ejército enemigo y al propio. Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra. »

Todos los pensamientos y con ellos la memoria debieron de quedar sepultados bajo la fiebre, bajo el hambre, bajo el asco que sentía de sí mismo, porque haciendo acopio de la poca fuerza que aún le quedaba, arrastrándose ya, pues ni siquiera incorporarse pudo en el último momento, se aproximó al cuerpo de guardia lentamente, sin importarle el asombro y la repulsión que sintieron los soldados al ver arrastrarse esos despojos.

Cuando el llanto se lo permitió, dijo:

 -Soy de los vuestros.

Alberto Méndez,
Los girasoles ciegos
 (Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir).


El texto propuesto pertenece al primero de los cuatro relatos que articulan la obra de Alberto Méndes, Los girasoles ciegos, único libro del escritor madrileño publicado en 2005 tras ganar el Premio Setenil. Este fragmento corresponde al final del primer capítulo titulado “Primera derrota: 1939 o Si el Corazón pensara dejara de latir”, en el que se narra  el desenlace de la historia de su  protagonista, el capitán Alegría, cuando camino de su pueblo y tras las milagrosa salvación del fusilamiento en el puesto republicano al que se entrega como un rendido, alcanza la posición del bando falangista cuando estos ya son ganadores de la contienda. Se trata de su segunda rendición y de su segunda muerte (como el narrador se refiere al suicidio del protagonista), actos que dotan al personaje de una peculiar singularidad dibujado una caracterización compleja y múltiple entre el perfil de traidor, desertor, rendido o enajenado mental por la traumática contienda y su forma de vivirla.

El hecho de que los cuatro relatos se titulen “Derrotas” ya nos anuncia los ejes vertebradores que articulan los cuatro capítulos: el fracaso y la pérdida de unos personajes comunes en el contexto histórico de la guerra civil. En el primero es Alegría el que simboliza el fracaso pese a pertenecer al bando ganador. Es en ese sentido de derrota colectiva como hay que interpretar el enunciado final “Soy de los vuestros”. Alegría es uno más de entre aquellos milicianos maltrechos que, aunque ganadores ideológicos, han perdido la vida en hacer una guerra fraticida. Todos son víctimas de la contienda y el odio, todos, incluso los supervivientes de entre el bando ganador, regresaban a familias con vacíos y a un país arrasado por el odio y la violencia.

No cabe duda de que el autor quiere significar en este relato el poder igualatorio del sufrimiento y del padecimiento entre los que fueron agentes milicianos de los dos bandos enfrentados en  la Guerra Civil española, todos quedan personificados en un personaje alegórico como es Alegría, que viene a simbolizar la derrota máxima en el acto de rendición al ejército enemigo porque no veía en su bando afán por ganar la guerra al enemigo sino por matarlo. Alegría logra identificarse con todos los soldados de uno y otro bando, con los perdedores como carne de cañón y con los victoriosos como “carne de vencidos” que “se amalgamarán con quienes han sido derrotados”.

Alberto Méndez construye personajes ficticios en una historia real, la guerra, y convierte a un narrador en tercera persona en la voz en off de la memoria colectiva que conserva en el recuerdo las historias de familiares y conocidos, pero ya no desde el rencor ni el odio, sino desde la reflexión sobre los hombres, sobre el ser humano como individuo ante una derrota social y moral.

En el fragmento que nos ocupa podemos apreciar la cúspide de la intención del autor, a lo que contribuye el dominio de técnicas narrativas abarcadoras que amplifican los puntos de vista. Con aparente sencillez, Méndez elabora un complejo armazón de voces narrativas, perspectivas y tratamiento del tiempo de la narración. El narrador omnisciente intercala la voz del protagonista por dos vías, la textual y la dialogal, en una prolepsis temporal recurriendo al manuscrito encontrado en el bolsillo del capitán una vez ha muerto, un recurso que pone en valor el principio de verosimilitud y que cohesiona el texto con la intención del segundo relato, “Segunda derrota o Manuscrito encontrado en el olvido”,  y con el terceto, “Tercera derrota o El idioma de los muertos”, donde volvemos a encontrar a Alegría compartiendo cárcel con el protagonista de este tercer capítulo, Juan Senra,  en un flash back narrativo.

Todo este entramado de voces, personajes y tiempos de la narración logra que Méndez elaborara una tetralogía de relatos concebidos como conjunto sobre el horror y la desolación que activan la memoria frente al olvido de unos lectores que ya, lejanos a la Guerra, comparten y entienden la metáfora del título: esos girasoles ciegos como los seres que el autor nos muestra, todos perdedores, desorientados,  desnortados, perdidos en la magnitud de la derrota.

Con este libro Méndez viene a sumarse a una generación de escritores y escritoras  que rescatan la contienda española como motivo literario, emparejando las finalidades estéticas, historicistas, ficcionales e ideológicas para un sentir común que florece: recuperar la memoria de la Guerra Civil una vez que  el llamado “pacto del olvido” deja de interesar política y socialmente. El “olvido” fue pactado tanto por la derecha como por la izquierda en los años de la Transición y se ejercita hasta bien entrados los años noventa, momento en que la izquierda política encuentra un filón ideológico para la oposición a la derecha en el poder.  El “pasar página” y “mirar al futuro” que tácitamente se conviene entre toda la clase política en aras de solidificar la democracia, se torna en la reivindicación de la necesidad de recuperar la memoria histórica y colectiva en las voces de los hijos y nietos de los que vivieron la guerra. Así, intelectuales y escritores socavan en las historias familiares y locales y hallan la materia literaria de lo que se denominará como literatura “guerracivilista” que entronca con la necesidad  consciente de todos los grupos humanos por asimilar su pasado. Entre una larga nómina,  La forja de un rebelde de Arturo Barea, Las bicicletas son para el verano de Fernando Fernán Gómez, Soldados de Salamina de Javier Cercas, La voz dormida de Dulce Chacón, Las trece rosas de Jesús Ferrero, Corazón helado de Almudena Grandes, vienen a alimentar literariamente esta corriente ideológica en la que toman la voz los vencidos frente a la oficial de la Dictadura y la oficialista del “pacto del olvido”, tendencia que será también protagonista en las producciones cinematográficas y ensayísticas. 

La memoria histórica no se perdió nunca, estuvo entre los exiliados literatos, cineastas, intelectuales en general; estuvo en la música de la canción protesta; en la metáfora de los poetas y en los pinceles; el la novela extranjera; en la sutileza de los que desde dentro capearon la censura. Pero sin duda, toda esta corriente literaria vino a sacudir, no solo la producción novelística y editorial española, sino el memorial de generaciones distantes con la contienda que intiman con personajes protagonistas de la guerra gracias al discurso público que es la literatura.

Alberto Méndez también hurgó en su memoria, y nos dejó este único libro como referente narratológico y como  mapa completo de la derrota de la Guerra Civil,  que nos hace sentir a los lectores jóvenes que también somos “uno de los vuestros”, en el mismo sentido que el capitán Alegría, intimando con los “yoes” de los relatos de aquel pasado como vacuna contra el alzheimer histórico, para que la historia colectiva está basada en la verdad e inocule la sinrazón de la violencia y el odio a la generación presente y las futuras al tiempo que se disfruta de su lectura.  



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