sábado, 1 de abril de 2017

ANTONIO MACHADO


 Azulejo de la fachada del Palacio de las Dueñas (Sevilla)


I. VIDA

Antonio Machado Ruiz nació en Sevilla el 26 de julio de 1875 en unas dependencias del Palacio de las Dueñas, propiedad del Duque de Alba, quien las alquilaba a distintas familias de escritores, pintores, etc. Su padre, Antonio Machado Álvarez, era un eminente folklorista. En 1883, se traslada la familia a Madrid. Antonio y sus hermanos estudian en la Institución Libre de Enseñanza. Al morir su padre (1893) y su abuelo (1895) -figura clave en su familia-, sobrevienen dificultades económicas. Antonio trabaja como actor teatral, pero en 1899 –con su hermano Manuel- se traslada a París. Allí trabaja como traductor y entre en contacto con la vida literaria parisiense; en una segunda estancia en París (1902) conoce a Rubén Darío, con quien le unirán mutuos lazos de admiración. De nuevo en Madrid, colabora en la revista modernista Helios (cuyo redactor jefe es Juan Ramón Jiménez) y vive intensamente las preocupaciones de los jóvenes grupos literarios. La publicación de Soledades (1903) lo revela como poeta extraordinario.


 En 1906 abandona sus hábitos bohemios y decide emanciparse económicamente opositando a cátedras de Francés de Institutos de Enseñanza Media; en abril de 1907 obtiene el nombramiento para Soria. Allí pasará una etapa fundamental de su vida, poderosamente atraído por esta región central de España, austera y pedregosa. Tras vivir dos años en la vieja y tranquila ciudad, en su meseta alta y helada, Machado, que tiene entonces treinta y cuatro años, contrae matrimonio el 30 de junio de 1909 con una muchacha de dieciséis, Leonor Izquierdo Cuevas, hija de los patrones de la pensión donde vive. Por poco tiempo Leonor llena su gran soledad íntima con un amor tierno y profundo, porque en 1911, mientras se encuentra visitando París, la joven esposa de Machado muestra los primeros síntomas de que se está muriendo de tuberculosis. En Soria, durante un año, el poeta la cuida desesperadamente, pero Leonor muere el 1 de agosto de 1912. Después de su muerte se traslada a otra tranquila población provinciana, Baeza, en la parte norte de su Andalucía natal, donde sigue escribiendo poemas que se incorporan a la edición de 1917 de Campos de Castilla, pero su corazón queda en Soria, en el “alto Espino”, el cementerio donde reposa Leonor. 

Antonio y Leonor el día de su boda

Después de la muerte de Leonor, Machado confiesa que sus facultades poéticas están exhaustas: “Se ha dormido la voz en mi garganta” (CXLI); hasta el final de su vida, sin embargo, es capaz de escribir poemas magníficos, con todo el vigor y la belleza de su primera voz poética, pero raramente los escribe. En Baeza empieza a dedicar cada vez más tiempo al estudio de la filosofía y a expresar sus propias reflexiones filosóficas en aforismos como los de “Proverbios y cantares” de Campos de Castilla (CXXXVI) y Nuevas canciones (CLXI). Es también por esta época cuando inventa sus dos “profesores apócrifos”, Abel Martín y Juan de Mairena. Machado finge recopilar sus poemas, frases y fragmentos de clases y conferencias, acompañándolos de sus propios comentarios, lo cual le permite prolongar su continuo diálogo consigo mismo y presentar ideas suyas dentro de un marco abierto en el que la ironía le evita tener que hablar abiertamente. En 1918 se doctora en Filosofía y Letras y en 1919, se traslada a Segovia, en donde desarrolla una intensa actividad de cultura popular; pasa gran parte de este tiempo en la cercana Madrid. Es elegido miembro de la Real Academia Española en 1927, cuyo discurso de ingreso nunca llega a leer. Conoce por entonces a Pilar Valderrama que se convierte en un amor otoñal, pero muy feliz; es la Guiomar de sus últimos poemas amorosos, puesto que se trata de una señora casada. 

Y en 1931, obtiene una cátedra en el Instituto Cervantes, de Madrid. Cuando se proclama la República, se consagra a los proyectos culturales y educativos del nuevo régimen, y en el curso de la guerra permanece en España escribiendo y dando conferencias al servicio de la causa republicana en la medida en la que se lo permite su quebrantada salud. En Madrid le sorprende la guerra. Firme partidario de la República, tiene que trasladarse a Valencia; en un pueblecito vecino, Rocafort, vive y escribe en defensa de su España, hasta 1938, en que va a Barcelona. El avance final de los ejércitos nacionales le obliga por fin a salir de España, cruza los Pirineos con su anciana madre una fría noche de enero de 1939 y va a refugiarse en el pequeño puerto francés de Collioure. Ambos, muy enfermos, son acogidos en un hotelito de esta localidad. Allí, el 22 de febrero de 1939, muere y es enterrado un mes más tarde en la tumba de la generosa dueña del hotel donde aún siguen sus restos mortales. Dos días después fallece su madre, que descansa junto a él. Algunos días después, su hermano José encuentra un trozo de papel arrugado donde hay tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser” (del monólogo de Hamlet), un solo verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”, y una redondilla, variante de otra escrita en Otras canciones a Guiomar: “Y te daré mi canción: / ‘Se canta lo que se pierde’ / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”.

II. ADSCRIPCIÓN Y TRAYECTORIA.

Aunque influido por el modernismo y el simbolismo, algunos críticos opinan que su obra es expresión lírica del ideario de la Generación del 98. Pero, en honor a la verdad, su obra siempre ha sido piedra de toque de las habituales divisiones entre Modernismo y la antedicha Generación del 98. Ahora que parece prevalecer entre los críticos la idea más integradora de modernisno o el concepto más generalizador de “crisis de fin de siglo”, se puede examinar la situación de un escritor cuya fecha de nacimiento lo coloca en la frontera temporal de los escritores finiseculares y la promoción siguiente. Es evidente, con todo, que Machado fue un modernista: a través de la percepción modernista, leyó a Bécquer, de quien aprendió mucho y creyó entender el mundo de los poetas medievales como Manrique, pero, sobre todo, debió mucho a Rubén Darío. De todos modos, muy pronto reaccionó contra los excesos de la nueva literatura y se lanzó la búsqueda de un espiritualismo reformista de carácter absolutamente personal. Desde 1904 comenzó una larga admiración por Unamuno de quien Machado siempre señaló su entrega a la educación de la nación española y su ilimitada capacidad de indignación contra “la espesa costra de nuestra vanidad, de nuestra somnolencia”. Pero Machado no se sintió parte de la promoción finisecular y de sus angustiosas cavilaciones (“Una España joven”, CXLIV). La identificación de Machado hacia 1913 con un vago proyecto político liberal-radical-nacionalista (Unamuno, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Valle-Inclán) y con su proyección estética en la vida española supuso un soplo de aire fresco en su propia vida creadora. Tampoco aceptó Machado la nueva literatura vanguardista pocos años después; creía que sus metáforas eran puros conceptos intelectuales convertidos en enigmas descifrables y que carecían de la capacidad de evocación que él y otros habían buscado en sus símbolos. Para colmo, los nuevos declaraban admirar a Góngora en su centenario de 1927 y él era un veterano antibarroco. Como le sucedió a Pío Baroja, también Machado sintió vivir el fin de una época. Pero si bien Baroja no veía ninguna salida, ni le importaba mucho que la hubiere, nuestro poeta deseaba con fervor algo diferente. En el marco de esta esperanza personal debe entenderse el presunto acercamiento del viejo escritor a los más jóvenes de la izquierda revolucionaria en los años 30. Sus ideas se radicalizarán con el tiempo, sobre todo al contacto con las desigualdades sociales de Andalucía y ante el incremento de los movimientos obreros, con los que simpatizó pronto. Su ideal de fraternidad le llevó, en los últimos años, a proclamaciones netamente revolucionarias. Así puede verse, con más precisión, hasta qué punto su trayectoria ideológica es opuesta a los “noventayochistas”, y cuán poco afortunada era su adscripción al “98”. El propio Machado afirmó, al referirse a los escritores del 98: “Mi relación con aquellos hombres […] es la de un discípulo con sus maestros”. De hecho, estas relaciones –tal como se ha afirmado- fueron más bien tardías y escasas; admiró, sobre todo, a Unamuno, pese a sus crecientes diferencias ideológicas. Y de lo que no hay duda es de que, en sus comienzos sobre todo, trató con mucha asiduidad a escritores como Rubén Darío, Valle-Inclán, Juan Ramón, Villaespesa, etc. Mostró hasta el final de su vida una ejemplar consecuencia con sus convicciones profundas. Estuvo, según sus palabras, “a la altura de las circunstancias”.

 Antonio Machado, Sorolla (1917)

III. TEMAS DE LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO

Tal como afirma José-Carlos Mainer, la poesía machadiana es un universo cerrado de símbolos, de temas recurrentes que forman una constante a lo largo de su vida y que dan un sentido unitario, tal como se ha comentado, a su obra. Machado afirma que existen hondas palpitaciones del espíritu que no pueden expresarse en el lenguaje corriente, y el poeta, para comunicar su experiencia, debe recurrir al lenguaje figurado, a los símbolos, a las imágenes y a las metáforas.

1) El tiempo. Antonio Machado se llama a sí mismo “poeta del tiempo”; él entiende el tiempo como algo vivo, personal, no como concepto o abstracción. Es la duración limitada, la historia individual de cada ser –de su propio ser-, que se hace, que pasa, pero que permanece en el recuerdo, donde se borran los límites personales. Esta sensibilidad exacerbada para el devenir de las cosas, esta ansiedad perpetua ante el curso fatal de las horas y los días. - El poema, la palabra esencial en el tiempo Para Machado, la poesía es un arte eminentemente temporal: “La poesía es la palabra esencial en el tiempo”. De este modo, une dos elementos contradictorios: lo esencial y lo temporal. La poesía es la palabra que expresa lo que las cosas son (su esencia), pero a través de mi contacto con ellas, con mi experiencia, con mi tiempo vivido.

- El agua. El agua del río, de la fuente, de la lluvia…; su fluir constante se hace símbolo del fluir temporal y, por ello, de la vida interior. Sin embargo, el agua puede representar la muerte, quieta en la taza de la fuente o, a la manera de Manrique, en la inmensidad del mar al que confluyen todas las aguas. Este tema-símbolo es quizá el que con mayor insistencia y también con mayor hondura vivencial se reitera a lo largo de su obra.

- La tarde. Este tema suele expresar el sentimiento melancólico de la vez espiritual. Por ello, esta hora del día se suele acompañar frecuentemente de adjetivos que connotan un estado de ánimo de depresión espiritual (cenicienta, mustia, destartalada…) y que contribuyen a personificarla, identificándola con su estado de ánimo. Al mismo tiempo, los adjetivos referidos a colores que acompañan a la tarde y a los elementos del paisaje de esa hora (rojos, cárdenos, rosados, violetas) se cargan por contagio semántico de esas connotaciones de melancolía y tristeza.

- Los caminos. Los caminos están presentes en la poesía de Antonio Machado desde sus primeras composiciones. El caminar errante, sin meta prefijada, es ante todo un sentimiento de pesar sin consuelo, una nostalgia de la vida que se va dejando atrás y que también participa en el horror de llegar.  Los caminos son, pues, frecuentemente símbolos de la vida o bien aparecen asociados a ésta. Cuando esto ocurre en el poema, el camino real se difumina, se borra hacia la lejanía, hacia el futuro, del que nada podemos decir; y, al mismo tiempo, se convierte en motivo de melancolía, de ensueño que trae recuerdos del pasado:

Yo voy soñando caminos
de la tarde . ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero
-La tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”. […]

La idea de que el camino no está hecho, sino que se hace a la vez que el acto que lo realiza (“se hace camino al andar”) se ve reforzada por otras imágenes, como la estela fugaz que se deja sobre el mar y que, al tiempo que se hace, se borra de manera inaprensible, como el devenir temporal del hombre:

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

- Los elementos del paisaje y el tiempo vivido. En el proceso de identificación del alma con las cosas del mundo, adquieren especial relevancia en la poesía de Antonio Machado los elementos que conforman el paisaje. En su paso por el tiempo, el poeta se relaciona con las cosas, y éstas (el río, los árboles, el atardecer) adquieren un sentido nuevo, personal, en relación con la experiencia vivida en torno a ellas. Se transfiguran en espejo que refleja los estados del alma. En este sentido es singularmente destacado el proceso que “sufre” el olmo. Las primeras referencias que se hace a este árbol con meramente denotativas de su presencia en los parques. En el poema “A un olmo seco” (CXV) se inicia el proceso de identificación de su alma con dicho árbol, que continuará de formás más o menos implícita en otros poemas (CC-CXXVI, CCCIII).

- El reloj. Machado se refiere siempre al reloj como un objeto real, que mide mecánicamente el tiempo cronológico, por oposición al tiempo psíquico del hombre, del poeta, que se había expresado con los símbolos anteriores.

2) La muerte. Sus reflexiones sobre la muerte son la derivación lógica de sus inquietudes sobre el tiempo, considerado éste como el gran exterminador del ser humano. La muerte, además, se manifiesta de continuo en forma de brevedad e inconsistencia de la vida, de decadencia de los hombres y de las cosas, de los elementos de la naturaleza, bajo una serie de signos variados como la destrucción, la enfermedad, la guerra o el crimen. Su actitud vital ante ella es también diversa: desde la angustia personal expresada en tantos poemas de Soledades, hasta la melancolía e incluso la rebeldía por la muerte de la esposa, pasando incluso por la identificación espiritual con el moribundo. Los símbolos relacionados con este gran tema son múltiples: el mar, el ocaso, el otoño, la sombra, la luna… El mar simboliza con frecuencia la ciega inmensidad de la muerte, lugar al que confluyen todos los ríos de la vida, siguiendo la alegoría de las Coplas de Manrique. A pesar de alguna pequeña esperanza ante la muerte expresada en algún breve poema (por ejemplo CC-CXXII o CC-CXX), en el maestro sevillano se palpa una honda turbación del espíritu: la angustia existencial ante la nada, ante el no ser, que está desde el principio en su obra y se va acentuando con el paso de los años.

3) Dios. La presencia de Dios en la obra de Antonio Machado es imprecisa y variable en el tiempo y, sin embargo, ocupa en su pensamiento un lugar significativo. Se trata de un Dios en el que no se puede creer aunque se quiera; es el Dios añorado, soñado, deseado más que afirmado (poema LIX). Aparte de esta figura, la de Cristo es mucho más cercana a Machado que ese “Dios entre la niebla” que busca sin alcanzar. Jesucristo es en él el paradigma del hombre, lo que éste tiene de humano y divino, de carne mortal que sueña la inmortalidad, el triunfo sobre la muerte (La saeta CC-CXXX)

4) El recuerdo y el sueño. En Machado estos dos términos son, muchas veces, equivalentes, ya que normalmente se refieren al soñar despierto con la propia vida. En Soledades, galerías y otros poemas, los caminos del sueño son galerías de espejos donde se refleja la propia vida, donde el hombre que sueña intenta revelar el secreto de su yo más íntimo. Las galerías del alma son símbolos predilectos de Machado para representar esa parte de sí mismo que ignora. Pero en su poesía, especialmente a partir de Campos de Castilla, el sueño no sólo emana del hombre, sino de las cosas: sueña la naturaleza; y los elementos que la conforman, convertidos en personificaciones, en proyecciones de su yo, también sueñan. Sueñan la tarde, el campo, el agua de un río, de una fuente o de una noria, los frutos, las estatuas, las rocas…

 Úlimo verso de Antonio Machado encontrado por su hermano días después de su fallecimiento en el bolsillo de una americana del poeta.

5) El amor. A lo largo de toda la obra se intuye el deseo de Machado de amar y la necesidad de ser amado. Es una presencia constante y, sin embargo, difícil de precisar en muchas de las composiciones de su primer libro. Ahora bien, los poemas referidos a las dos pasiones de su vida ocupan un lugar más importante en su producción: el de su esposa Leonor (en Campos de Castilla y Nuevas canciones), cuya muerte provocaría los más doloridos acentos del poeta, y el amor otoñal, pero apasionado, de Guiomar (en el Cancionero apócrifo). De cualquier modo, el amor es para Machado un sentimiento ennoblecedor que dignifica al amante, quien poseído de esa exaltación espiritual comprende mejor la belleza del mundo y rescata las cosas del olvido, del tiempo y de la muerte.

6) El tema autobiográfico. En numerosos poemas evoca Antonio Machado su infancia, su juventud, sus amores, incluso sus experiencias de la vida cotidiana. Pero no sólo aparece la biografía externa, sino especialmente, la espiritual. De este modo, su poesía puede considerarse un diario de su propia alma, una vida hecha verso, que así escrita puede hacerse eterna: la palabra esencial en el tiempo; el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. En este apartado véanse los poemas III, V, VII, LXV o XCII de Soledades…, muchos de Nuevas canciones y otros poemas de su última etapa, puesto que este tema de la infancia desaparece casi por completo en Campos de Castilla, excepción hecha, claro está, del poema “Retrato” que abre este libro y que concuerda con un uso de la época, que consistía en insertar el semblante del autor como introducción a una obra.

7) El paisaje y el tema de España. En algunos poemas la visión que tiene del paisaje Machado es puramente objetiva; sin embargo, en otros el paisaje se convierte en símbolo del pasado histórico de Castilla o, incluso, los elementos del paisaje castellano se transforman en símbolo de realidades íntimas. En Soledades… predominan los paisajes interiores del alma, aunque no faltan aquellos en los que el paisaje es marco para la expresión de sentimientos, generalmente relacionados con los estados de melancolía. No obstante, en algún otro predomina la visión objetiva del paisaje, que luego tendrá mayor desarrollo en Campos de Castilla; es el caso del poema titulado “Orillas del Duero” (IX), en el que la subjetividad sólo está presente en las exclamaciones finales. Otra forma de ver el paisaje –castellano o andaluz- es como imagen del pasado histórico que se hace presente a través del lenguaje figurado. Este recurso es manifiesto en muchos de los poemas de Campos de Castilla (“A orillas del Duero”, CC-XVIII); de hecho, la preocupación patriótica le inspira poemas sobre el pasado, el presente o el futuro de España. De cualquier manera, Machado aporta un claro componente subjetivo: proyecta sus propios sentimientos sobre aquellas tierras, seleccionando lo que prefiere, que es lo adusto y acentuando, especialmente con adjetivos, o lo que sugiere soledad, fugacidad o muerte. En cuanto a la tercera forma de ver el paisaje, es decir, la identificación de los elementos del paisaje con el alma, cabe hablar del paisaje como reflejo del mundo interior del poeta, del estado de su alma. Esta nueva visión se infiere de su concepto del tiempo como fluir interior. El poeta entra en diálogo con el mundo y consigo mismo, en íntima comunión con el paisaje que describe y canta (CXIII-VII-VIII-IX).


IV. OBRA POÉTICA

SOLEDADES

• Publicadas, las primeras, en 1903, aunque salieran de la imprenta en 1902 (diciembre). Son 42 breves poemas de carácter netamente modernista y simbolista. El tema de fondo es la muerte, reflejada en símbolos como el parque solitario la tarde soñolienta, el crepúsculo, el color morado, las campanadas del reloj, la fuente helada. No tiene las características de un libro primerizo.

Soledades, Galerías y otros poemas se edita en 1907. Se trata de una obra nueva. Conserva 29 poemas, con cambios sustanciales y añade 66 hasta completar los 95. Es un libro heterogéneo, aunque predomina el intimismo romántico (soledad, melancolía, angustia, muerte) Hay poemas modernistas y románticos pero también personales y abiertos al mundo exterior: “Hacia un ocaso”, “Al borde del sendero un día nos sentamos” y “Anoche cuando dormía”.
- Los temas:
 La angustia.
- El mundo infantil que añora.
- El paso del tiempo y el ayer perdido irremisiblemente.
- La juventud que no vuelve.
- La nostalgia, el desengaño y sobre todo la muerte.
Las Soledades están concebidas como un gran poema simbolista. La métrica es posmodernista, de tendencia becqueriana, con rimas leves y el uso de variados metros y estrofas.

CAMPOS DE CASTILLA

• La primera edición se publica en 1912, muy poco antes de la muerte de Leonor, últimos años en Soria del poeta. El libro contiene el largo poema “La tierra de Álvar González” que representa el cambio estético respecto de Soledades. Es palpable la preocupación patriótica y social propia de la generación del noventayocho.

• En la edición de 1917 añade varios poemas relacionados con Leonor, con Baeza y el Guadalquivir y algunos elogios. En 1928 publica sus Poesías Completas, considerada hoy el corpus definitivo.

• En Campos de Castilla la evolución es evidente. El poeta se abre a una concepción del mundo y de la poesía. “un corazón solitario no es un corazón”. Afectividad y paisaje castellano equilibran la estética de esta nueva obra. Los primeros poemas están marcados por el paisaje, los hombres y la historia de Castilla, los últimos recuerdan a Leonor, la marcha a Andalucía y la Gran Guerra, con un tono más pesimista y desalentado.

• Los poemas de este libro (1907- 1917) tienen una idea unitaria de acercamiento al problema de España. La única estructura es la agrupación temática: o Poemas intimistas. Machado refleja su pensamiento pesimistas y su angustia, sus preocupaciones religiosas y existenciales. Cabe mencionar su “Autorretrato” y los poemas dedicados al recuerdo de Leonor desde Baeza, con un hondo sentido que conmueve.

- Poemas dedicados al paisaje. Cargados de simbolismo y subjetivismo por parte del pota. El poema central es “Campos de Soria” una bella descripción del paisaje con el que se identifica el poeta.

- Aparece la preocupación por España y el momento histórico en el sentir más noventayochista que hace de Castilla el símbolo de la España postrada. “A orillas del Duero”, “Por tierras de España” son los más representativos. En los Proverbios profetiza el enfrentamiento cainita: “Ya hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza, /entre una España que muere/ y otra España que bosteza./ Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / de de helarte el corazón”. El compromiso ético que manifiesta es el punto de partida de la poesía social de la posguerra.

- Contiene además La tierra de Álvargonzález es una crítica a la codicia y a la envidia de los hombres que sólo produce miseria. Dos poemas impresionantes dedicados a “Un loco” y a “Un criminal”. Los “Proverbios” que condensan la sabiduría del pueblos. Y finalmente elogios a los personajes que admira: Giner de lor Ríos, Miguel de Unamuno, Ruben Darío, Azorín, Valle-Inclán, Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez entre otros.

• Los metros y las estrofas de gran diversidad sitúan la obra en la línea modernista aunque alejada del intimismo de Soledades. Abundan los versos de arte mayor (dodecasílabos y alejandrinos sobre todo) y es frecuente la rima asonante. Cuartetos-lira (en endecasílabos) serventesios alejandrinos o estrofas de pie quebrado son un perfecto muestrario de la métrica modernista. • El estilo es recargado y retórico. La tendencia descriptiva ser refuerza con enumeraciones.

“NUEVAS CANCIONES”

• Las Nuevas canciones se publican en 1924. Las completará en 1928 con otros poemas y añadirá la prosa y el verso del Cancionero Apócrifo. Sustituye los metros modernistas por la concisión de la copla y la esencialidad del soneto. Hay un recuerdo de las tierras sorianas (Canciones de tierras altas y Canciones del Alto Duero). Recoge un numeroso grupo de poemas en Canciones y en Proverbios y cantares, persigue en ellos la brevedad y la agudeza de la copla popular. En un poema a Ortega y Gasset confiesa que su poesía quedó truncada después de Campos de Castilla, a la muerte de Leonor. Nunca pudo recuperar la ilusión poética y se lamenta de su sequedad en la inspiración.

ÚLTIMAS OBRAS EN VERSO

• La producción poética de Machado escasea a partir de 1924 mientras crece su producción en prosa. Aunque no publica nueva obra sí incluye en las reediciones de los libros publicados (Poesías completas) algunos poemas añadidos. Destacan los añadidos en Cancionero Apócrifo (1924-1935) atribuidos a Abel Martín y Juan de Mairena. También son de una gran belleza y equiparables a su época más fecunda los breves poemillas incluidos en “Otras canciones a Guiomar” (CLXXIV).


• Entre 1936 y 1939 escribe lo que se conoce como Poesías de la guerra. Entre ellos (nueve sonetos) destaca el dedicado a Federico García Lorca El crimen fue en Granada, “se lo vio caminando entre fusiles…”. La guerra se convierte en tema omnipresente y la desolación ante el enfrentamiento entre hermanos la nota predominante.

V. LENGUAJE POÉTICO DE ANTONIO MACHADO

Antes de comenzar con un análisis detallado de las cuestiones más destacadas del lenguaje poético de Antonio Machado, cabe hablar someramente de su arte poética (cfr. la Poética, que el propio autor redactó en 1931 para la Antología de Gerardo Diego). Desde los primeros escritos de Machado hasta sus últimas publicaciones, todo un conjunto de textos, de reflexiones, de meditaciones o de notas breves expresan ideas estéticas de una coherencia y continuidad sorprendentes. Todo su lirismo está marcado por una ascesis y una fidelidad a sí mismo que le dan precisamente, en gran parte, ese tono de sinceridad tan conmovedor y que tanto impresiona a todos los lectores de Machado. Como decía Pedro Salinas en noviembre de 1933: “Antonio Machado vuelve a publicar sus Poesías completas en tercera edición. Ha adoptado el poeta para la entrega al público de su nueva obra el procedimiento acumulativo que seguía Walt Whitman, de añadir cada unos cuantos años a su obra ya anterior y conocida las nuevas poesías, unidas al conjunto total de modo que el lector tenga siempre presente junto a lo más reciente de la creación lo más remoto, lo inicial de ella. La poesía se nos ofrece así como un ser vivo en toda su integridad, en la florescencia de todas sus primaveras, en su cuerpo, tronco, y en sus últimas raíces”. En todas sus composiciones se vislumbran los tres aspectos, diferentes y complementarios, de la concepción del poeta según Machado: cantor herido por la fatalidad, cuya melodía traduce los enigmas del corazón; hombre de reflexión, que medita sobre el destino y la historia de su país, su obra es una forma de acción; más profundamente, en fin, el poeta, a la manera mística, canta la canción del alma. La poesía es, en definitiva, la expresión de la palabra esencial de los seres y de las cosas, expresión de su verdad. De todos modos, el poeta sigue siendo para él un ser solitario, atormentado, más que los demás hombres, por la duda, por la incertidumbre, por la angustia. Aunque lleva dentro el germen de expresiones diversas, si no contradictorias, el poeta es siempre un ser consagrado al silencio, un ser que está a la escucha de algo que viene siempre de otro sitio. Esta poesía, entendida así, se complace en recordar con frecuencia: la subordinación del intelecto a la emoción, el predominio de la intuición sobre el concepto, la búsqueda de una expresión justa, verdadera, directa, sincera, sencilla, natural, casi humilde, podríamos decir, de las cosas, de las ideas, de los sucesos, de los sentimientos; la concisión y profundidad de la lenguaje; el rechazo de toda retórica, el despojamiento de todo artificio y la búsqueda incesante de la expresión directa. Esta enumeración debe completarse con algunos otros rasgos del lirismo de Machado: empleo moderado de las imágenes, elegidas menos por su valor sensorial que por su valor emotivo; deseo de la verdad y, sobre todo, importancia concedida a la voz íntima, al acento personal, a la expresión del ser profundo; finalmente, intensa vibración temporal de una poesía que quiere, a la vez, estar profundamente inscrita en lo real y de acuerdo con los estremecimientos del alma. Véase esto en un comentario de Juan de Mairena: “Sabed que en poesía –sobre todo en poesía- no hay giro o rodeo que no sea una afanosa búsqueda del atajo, de una expresión directa; que los tropos, cuando superfluos, ni aclaran ni decoran, sino complican y enturbian; y que las más certeras alusiones a lo humano si hicieron siempre en el lenguaje de todos”. “Esencialidad” y “temporalidad”: estas dos palabras, puestas de relieve por Machado mismo, pueden, al mismo tiempo, definir la naturaleza y la calidad de su lirismo y mostrar el sentido exacto de su evolución a través de los años. Todo ello, resumido en una incesante búsqueda de la expresión personal, unida a la espontaneidad de la inspiración; se trata de ser verdadero, es preciso dejar que hable sencillamente el corazón propio. Por esta razón, conviene evitar el riesgo de que el arte llegue a ser, para sí mismo, su propio fin. La inspiración poética debe brotar del contacto directo con la naturaleza, y no tener su origen en el arte. Todas estas exigencias dan su rostro original al lirismo de Machado; todo concurre en él para traducir la desnudez pura del alma. Rechazando toda retórica:

“MAIRENA: Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
MAIRENA: Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

MAIRENA: No está mal.” 

Este arte rechaza tanto el romanticismo sentimental como la estética barroca y conceptista. Este arte, hecho de sencillez y sobriedad, implica así, con toda naturalidad, el rechazo de otras estéticas que conceden más valor a la belleza formal, a la abundancia y a la ornamentación del discurso, a la exuberancia o a la música de la expresión: el arte modernista o el arte barroco. Por un lado, Machado fue rebelde con su pasado áureo; arremetía contra el que veía como artificioso barroco, seguramente por no querer aceptar la nueva devoción de los jóvenes del 27, y en búsqueda de un nuevo camino que fuera otra cosa, mucho más sencilla, más cercana a todos, noria que recogiera en sus cangilones el tiempo que fluye y al mismo tiempo que fuera música, música popular, canción. Mairena les decía a sus alumnos: “Poesía, señores, será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es”. Pura alquimia, claro está. Antes les había dicho: “Nosotros, meros aprendices de poeta, debemos elegir, para nuestros ejercicios de clase, formas sencillas y populares, que nos pongan de resalto cuanto hay de esencial en el arte métrica”. Por otro lado, la admiración profunda que Machado sintió siempre por Rubén Darío corre pareja con una reticencia cada vez mayor frente a la estética modernista, cuyo guía genial había sido el poeta americano. Si, a pesar de todo, al iniciar su carrera, cedió a las seducciones del lenguaje bello, no por eso deja de expresar Machado vivas condenas de las florituras superfluas, de la decoración excesiva o de relumbrón, de las sonoridades ruidosas. En palabras del poeta sevillano: “Como valor absoluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo –y en esto estriba su valor relativo- haber contribuido con ella, y al par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras.” De ahí que para él la poesía deba ser la expresión del sentimiento de todos los hombres, del pueblo, del corazón humano; y es que, en efecto, Machado siente gran amor al pueblo, que es, según él, la verdadera fuente de la poesía; el folklore, a sus ojos, es la expresión misma del alma del pueblo. En lo que respecta más específicamente a las características concretas de su lenguaje poético, son numerosas las declaraciones de Antonio Machado que afirman su gusto por la sencillez, la naturalidad, la expresión directa y no alambicada; declaraciones donde se observa una clara voluntad antirretórica. En el exordio de su proyecto de discurso de ingreso en la Academia, afirmaba: “Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada”. Al punto se reconocen la seducción y el encanto que el lenguaje poético de Machado produce en sus lectores: su acento, su tono, su voz, su indecible calidad del alma o del espíritu: sencillez, gravedad, humanidad. Y su verso está forjado de manera única, inimitable, insustituible. Más que un estilo o un léxico, lo que distingue a este poeta es un registro de la emoción a medio camino entre la expansión lírica y el monólogo interior, una voz que busca como un diálogo íntimo y fraternal, una voz que se alza al borde del silencio y como si estuviera siempre amenazada. Algunas de las líneas esenciales de este lenguaje poético son:

1. El léxico. Machado tiene, evidentemente, un vocabulario predilecto. Puede agruparse en torno a algunos temas, algunos sentimientos, algunas percepciones.

a) El sentimiento de la vejez, de la melancolía, de la muerte; la intuición aguda, y jamás desmentida, de que todo se rompe, todo se marchita y todo se destruye, incitan no sólo a la repetición incesante y como obsesiva de la palabra viejo, sino de toda una serie de palabras o de expresiones que dicen de la decadencia de las cosas o de los seres humanos: parque mustio y viejo; viejas cadencias; la vieja angustia; la amapola marchita; una tarde cenicienta y mustia…

 b) A estos términos se añaden las palabras que traducen la angustia, el hastío,  el tedio, de la juventud, sobre todo, del poeta: hastío, melancolía, monotonía…

 c) A este desasosiego corresponde un universo en que abundan los tonos sombríos, apagados, grises, negros, polvorientos: los colores de la angustia y el hastío de vivir: la plaza en sombra; viejo paredón sombrío; cerros cenicientos; cerros de plomo y de ceniza…

d) Pero el universo poético de Machado no se reduce a estos tonos de desesperación. Muy al contrario, hay en él una sensibilidad muy viva para la luz del día en sus distintas tonalidades y momentos: una tarde clara; un alba pura; un huerto claro; al claro sol de estío; la tarde arrebolada; el iris en la luz… Machado es simultáneamente el poeta de la sombra y el poeta de la luz. Además, los colores son en extremo diversos y matizados, como en la paleta de un pintor, colores resplandecientes, chillones: el oro, la púrpura, el fuego, el encarnado, el bermejo, el naranja, el rubí… totalmente el estilo de la escuela parnasiana y modernista.

e) Así mismo, uno de los temas fundamentales de la inspiración poética y de la reflexión de Machado, el tiempo, provoca el empleo de un vocabulario específico pero reducido: los adverbios de tiempo están altamente valorados: hoy, mañana, ayer, todavía, nunca, jamás, ya. Pero un aspecto del lenguaje poético del poeta sevillano es la atracción recíproca que estas palabras, y muy particularmente los adverbios hoy y ayer, ejercen entre sí; a esto se añade, a veces, una asociación con mañana: Hoy es lo mismo que ayer; hoy dista mucho de ayer; ¡Ayer es nunca jamás!; del Hoy que será mañana,  del ayer que es / Todavía…

f) Esta agudeza con que el poeta percibe el fluir del tiempo, esta inquietud radical, no son ajenas, sin duda, a la manera de percibir Machado el mundo: alternancia también, sin fin, entre el ensueño y la realidad. De esto da cuenta igualmente su lenguaje: las campanas suenan; el soñoliento llano; el campo en sueños; El mar es un sueño sonoro…

g) Toda una parte de la atención de Machado se dirige al alma, a lo sobrenatural, atraída por un mundo espiritual maravilloso o fantástico. Todo un léxico obsesivo, y nunca totalmente abandonado, da cuenta de esto; tres palabras, sobre todo, son reveladoras: mágico, hada, fantasma.

h) Tres aspectos señalados manifiestan su deseo de comunión íntima con lo que le rodea; primero, se observa en la frecuente humanización de las cosas, de los objetos, de los paisajes: el agua clara que reía; cárdenos nublados congojosos; Hierve y ríe el mar… Segundo, es el empleo de diminutivos, que son quizá una herencia inconsciente de Andalucía, cuya alma traducen perfectamente: A la orillita del agua; figurillas; florecillas; olitas; doncellitas; pradillos; abejicas; momentín… El tercero es el empleo de la exclamación, uno de los rasgos más peculiares de este poeta que no abandonará jamás, puesto que le permite traducir su emoción ante los objetos, los seres humanos o los acontecimientos: ¡Hermosa tierra de España!; ¡Oh, flor de fuego!; ¡Tierras de la luna!... Con este gusto persistente por la exclamación, se puede relacionar también el uso frecuentísimo de la interrogación, que da a sus versos un tono personal.

 i) Machado es también muy aficionado a las palabras raras o a los arcaísmos, que descubren en el poeta un amor a las cosas o a las formas de expresión de tiempos pasados y quizá estas palabras revelen también aspectos del alma eterna de la patria: tálamo; guzla; cantiga; trovas; gayos, lascivos decires… De todos modos, el vocabulario de Machado, abundante, sin riqueza excesiva, es sencillo, natural, inteligible, en conjunto, para un público amplio; el mundo concreto (paisajes, animales, plantas) impone un léxico preciso y variado. Obsérvese también la táctica machadiana de colocarnos, mediante el astuto emplazamiento de los demostrativos, ante una sensación concreta, determinada, de la que es muy difícil zafarse.


2. Algunos procedimientos estilísticos, a los que el poeta recurre con frecuencia, atestiguan el mismo deseo de encantar a su lector, o bien de sorprenderlo, intrigarlo o fascinarlo. Machado emplea generalmente con mesura, sin abuso, procedimientos estilísticos o retóricos que libran a sus poemas de toda impresión de monotonía:

a. por ejemplo, la repetición de palabras o expresiones que produce un efecto de insistencia, de obsesión o de encantamiento: Campo, campo, campo; esta tierra de olivares y olivares… O sirve para imitar un movimiento: Se vio a la lechuza / volar y volar. O trata de reflejar una emoción tan fuerte que resulta indecible: ¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

 b. También el empleo de giros populares pertenecientes a la lengua familiar: y lo mismo que nosotros / otros se jorobarán; Y van / las habas que es un primor.

c. E incluso el uso de símbolos, que se convertirán en el universo imaginario de Machado: el agua, el fuego, el aire, la tierra, la fuente, la galería, el camino, el espejo, el mar… Toda la poesía de Machado está recorrida por estas intuiciones vivas y frágiles que revelan que la realidad, por la metáfora, la imagen o la comparación, debe ser una conquista del lenguaje.

3. La métrica merece también una atención especial en la caracterización del lenguaje poético de Machado: variedad extraordinaria de metros y estrofas y, al mismo tiempo, natural y espontánea; armonía intensa de los poemas, acentuada a veces por rimas internas; armonías vocálicas; mezcla, muy sorprendente, de tradición y modernidad, de ecos clásicos y populares.

a. En lo que se refiere a los metros utilizados, en Machado se hallan nueve variedades de versos: el octosílabo y el endecasílabo –los dos metros básicos de la tradición poética española- son los dos preferidos; el último se suele combinar con el heptasílabo. Además, Machado nunca practicó el verso libre, al contrario de las corrientes artísticas que lo preferían. Él mismo dijo: “Verso libre, verso libre… / Líbrate, mejor, del verso / cuando te esclavice.”

b. En cuanto a las estrofas, Machado cultivó el soneto, el cuarteto y la redondilla; del Modernismo, recibió el pareado en metros largos y las silvas semilibres, y de la tradición popular recogió el romance (con versos octosílabos, hexasílabos, endecasílabos e incluso alejandrinos), la cuarteta, la seguidilla y la soleá. Otra forma estrófica muy grata al maestro es la silva arromanzada, serie de endecasílabos y heptasílabos libremente combinados, con asonancia en los versos pares; es muy común en sus dos primeros libros y desaparece en el Cancionero apócrifo. Así mismo, numerosas modalidades de cantares recuerdan la profunda impregnación folclórica del poeta. Utiliza frecuentemente con muchas variantes rítmicas coplas, cuartetas, soleares, playeras, soleariyas y seguidillas.

VI. OBRA EN PROSA

Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936)

En 1936, en las proximidades de la Guerra Civil, Antonio Machado publica un libro en prosa: Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Lo componen una serie de ensayos que venía publicando en el Diario de Madrid a partir de 1934. Juan de Mairena se publicó por entregas en este periódico a partir del 4 de noviembre, y después en El Sol, desde el 17 de noviembre de 1935 hasta la edición de los artículos en forma de libro, en mayo de 1936. Luego, Machado continúa la publicación de las prosas de Juan de Mairena en la revista mensual Hora de España, desde su primer número en enero de 1937 hasta el último en octubre de 1938. Este volumen muestra que el autor es uno de los más originales prosistas del siglo XX. Aquí Machado utiliza como representante de sus pensamientos a uno de sus dos poetas "apócrifos", inventados a finales de los años veinte (el otro es Abel Martín). (Enciclopedia Libre Universal en Español).

El termino “autor apócrifo” significa un autor ficticio o de la autenticidad cuestionable, y en el caso de Juan de Mairena está representado en la figura del profesor informal. De hecho, él es una auto caricatura del propio Antonio Machado. Los pensamientos de Juan de Mairena reflejan las ideas de Machado.

Según José M. Valverde, Antonio Machado define su protagonista apócrifo así: Juan de Mairena es un filósofo cortés, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. La gusta combatir el snobismo de las modas en todos los terrenos. Mira las cosas con su criterio de librepensador, en la más alta acepción de la palabra, un poco influido por su época, la de fines del siglo pasado, lo que no impide que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo actual dentro de otros tantos años.


A través de las páginas de Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado habla sobre la sociedad, la cultura, el arte, la literatura, la política y la filosofía. Usa una gran variedad de tonos, que van desde la aparente superficialidad hasta la gravedad máxima, incluyendo la ironía, la gracia, el humor, escepticismo, etc.

VII. FOCOS DE INFLUENCIA EN LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO Y SIGNIFICACIÓN DE LA MISMA EN LA LÍRICA POSTERIOR

En 1969 la UNESCO declara a Antonio Machado “Poeta de los valores universales” y reconoce en él “el valor universal de su obra”, ya que “continúa siendo hoy una fuente de inspiración para las nuevas generaciones”. Después de la Guerra Civil española, algunos poetas, como Blas de Otero, vuelven hacia Machado y lo convierten en el más alto ejemplo de poesía y de humanidad. Precisamente un crítico del 27 como Dámaso Alonso dirá por entonces: “Era, ante todo, una lección de estética […]. Y era una lección de hombría, de austeridad, de honestidad sin disfraces ni relumbrones”. Debe hablarse, pues, de una inagotable vigencia a través de la proyección de su poesía en las distintas generaciones que le han sucedido hasta hoy.


Firma del poeta y lápida


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