viernes, 7 de abril de 2017

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

I. VIDA

Juan Ramón Jiménez nació el 23 de diciembre de 1881 en Moguer (Huelva) dentro de una rica familia de cultivadores y exportadores de vinos. Es desde adolescente un ávido lector de poesía. Su paso por la Universidad de Sevilla para estudiar Derecho por imposición de sus padres (estudios que luedo abandonaría) le permite descubrir tanto el Krausismo como la cultura popular. Al tiempo frecuenta el Ateneo Sevillano y descubre allí a los que denomina "poetas rejionales": Bécquer, Rosalía de Castro, Juan Maragall entre otros. Escribe sus primeros trabajos en prosa y verso. Empieza a colaborar en periódicos y revistas de Sevilla y Huelva. 

 
Juan Ramón Jiménez, Sorolla.

La muerte de su padre le provoca los primeros trastornos psíquicos dada su personalidad extremadamente sensible, por lo que fue ingresado en un sanatorio francés y luego en otro de Madrid. En la capital mantienen estrechas relaciones con Giner de los Ríos y con otras personas afines a la Institución Libre de Enseñanza, cuya huella perdurará hasta siempre en Juan Ramón. Frecuenta también a los escritores modernistas y comienza a ser reconocido como gran poeta. 

Desde finales de 1905 hasta 1911 está en Moguer y compone sucesivos libros de poesía. De nuevo en Madrid, pasa a vivir en la Residencia de Estudiantes y dirige las publicaciones de  la misma. Conoce por entonces a la intelectual Zenobia Camprubí con quien se casa en Nueva York en 1916. 

Zenobia Camprubí y Juan Ramón

De vuelta en España, prosigue de forma incansable con su labor poética y es considerado el guía y maestro por la mayoría de los jóvenes poetas que comienzan a abrirse paso en el mundo literario español durante los años veinte. Lleva, no obstante, una vida social apartada y rehuye distinciones y presencias públicas. Todo ello y el tipo de poesía que escribe, cada vez más intelectual, le labran la fama de escritor solitario y exquisito encerrado en su torre de marfil. Pero el propio Juan Ramón explica en 1936 qué entendía él por vida retirada:

 Yo era torrero de marfil, para ciertos algunos, porque no iba a los corros del café, de la revista, del casino, del teatro, de la casa de prostitución. No, no iba, no iba porque iba al campo y me paraba con el pastor o la lavandera; al taller y hablaba con el impresor, el encuadernador, el grabador, el papelero; al hospital a ver al enfermo y la enfermera; a la plaza (mis queridas plazas de Moguer, Sevilla, Madrid, de donde fuera), en cuyos bancos conocí a tanta jente mejor, viejos, muchachas, niños, ociosos de tantos trabajos, y con tantas historias y tantos sueños. 


Al comenzar la Guerra Civil, Juan Ramón y Zenobia albergan en su casa a hijos de refugiados, pero las graves dificultades económicas y el carácter extremadamente impresionable del poeta les hacen imposible la permanencia en un Madrid asolado por la violencia. Marchan entonces a los Estados Unidos, desde donde irán después a Cuba. Juan Ramón muestra en todo su solidaridad con la República. Así responde, por ejemplo, en una entrevista realizada a los pocos días de su llegada a Cuba: 


       Yo tengo familia y amigos admirados y queridos en las izquierdas y en las derechas. (Respeto todas las actitudes y convivo con ellas, cuando son seguidas y verdaderas). Sin embargo, creo justo decir que el núcleo mayor de los hombres que representan la intelijencia y espíritu más justo de la ESpaña contemporánea, son hombres profundamente democráticos. Por cada hombre representativo que puedan representar las derechas, hay diez en las izquierdas. 


 


Acabada la guerra, permanecerá en el exilio hasta su muerte. Deseando residir en un país de habla española, se estableció en 1951 de modo definitivo en Puerto Rico, donde continuó infatigable su labor poética, pese a que sus problemas de salud eran cada vez más graves y reiterados. Gozó de enorme prestigio y reconocimiento y era acogido como un autóritas poética en recitales y conferencias.

Juan Ramón en Buenos Aires
 

En 1956 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura. Unos días después, muere su esposa en San Juan. Jaime Benítez, rector del Recinto de Río Piedras, recibe el premio en su nombre. Juan Ramón Jiménez fallece a los dos años de morir Zenobia. 

 
Premio Nobel de Literatura de 1956. El rey Gustavo VI de Suecia le hace entrega del galardón a Jaime Benítez, que lo recibe en nombre de Juan Ramón. Estocolmo, 1956.


Juan Ramón Jiménez fue siempre ejemplo eximio de alguien entregado a su obra poética no solo como literato, sino también como hombre. De ahí que se haya convertido en tópico decir que sus datos biográficos carecen de interés, porque en su caso nada importa salvo su poesía. En realidad en Juan Ramón se aúnan vida y poesía, porque, como veremos, en él se confunden en un todo ética y estética, comportamiento moral y literatura. 

 Entre las muchas vivencias, reseñar la ocurrida en 1930, cuando le es presentada en un concierto la escultora y escritora Margarita Gil Roësset, amiga de Zenobia, que queda enamorada del poeta; este la rechaza y tras dos años de intentos desesperados de lograr su amor, se suicida en 1932; el hecho dejó impresionado a Juan Ramón, y le dedica una semblanza en sus Españoles de tres mundos

 
 Margarita Gil Roësset
II. OBRA

II.I. LA PROSA LÍRICA

Aunque por edad pertenece al Novecentismo o Generación del 14, mantuvo estrecha relación con las generaciones anterior (Modernismo, que influyó su primera etapa) y posterior, Generación del 27, a la que apoyó al menos en sus primeros trabajos y de la que la fue uno de los principales modelos, así como referencia para algunos de los autores vanguardistas.
Juan Ramón busca conocer la verdad y de esta manera alcanzar la eternidad. La exactitud para él, es la belleza. La poesía es una fuente de creación y conocimiento.


¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
Que por mí vayan todos
Los mismos que las aman, a las cosas…
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!
(Eternidades) 1918

No es sencillo presentar en pocas líneas la obra poética de Juan Ramón Jiménez, y ello no solo por la cantidad abrumadora de libros que publicó, sino, ante todo, por la constante reelaboración de textos, y por la existencia de abundantes inéditos.

A partir de un determinado momento, Juan Ramón concibe toda su creación poética como parte de un único libro que aspira a concluir de modo definitivo. Lo que publica hasta entonces y lo que sigue publicando son transitorias muestras de dicha obra total. Se trata por tanto, de una poesía en sucesión, de una obra en marcha, en palabras del propio poeta. 

La necesidad de ofrecer una muestra general del estado de la Obra llevó a Juan Ramón a realizar varias antologías de la misma: Poesías escojidas (1917), la importantísima Segunda antolojía poética (1922) y la Tercera antolojía poética (1957) (no es seguro que fuera realizada directamente por el autor). Estas antologías son, con todo, un pálido reflejo de la Obra Total de su autor.  A su muerte ya tenía Juan Ramón Jiménez prácticamente lista una nueva revisión total de su poesía bajo el título de Leyenda (publicada póstumamente en 1978), con nuevas y sustanciales modificaciones y reconstrucciones de los poemas no inéditos. En definitiva, el escritor de Moguer concibe su Obra como una unidad en la que se van integrando sus textos nuevos a la vez que se encuentran en estado de permanente corrección los anteriores, siempre a la búsqueda de la perfección absoluta.

Además de como poeta, no debe olvidarse la faceta de Juan Ramón como prosista. Por lo que sabemos, al final de su vida, el autor concibió una división tripartita de su obra: poesía en verso, prosa lírica y prosa crítica. Con todo, las fronteras entre prosa y verso no estuvieron siempre claras para el escritor y, de hecho, en un libro como el antes citado de Leyendas casi todos los poemas escritos inicialmente en verso adquieren forma en prosa.

La crítica literaria ha seguido a la hora de clasificar la producción del poeta la misma etapas que parece que el propio autor estableció para referirse a ellas. Así se distingue: época sensitiva, época intelectual y época suficiente.

La época sensitiva (1898-1915)

Sus primeros libros, Nínfeas y Almas de violeta (ambos de 1900), muestran ya un tono decadente de inequívoca adscripción neorromántica. Rimas (1902), además de la huella becqueriana presente ya en el título, deja traslucir la influencia de los simbolistas franceses. Arias tristes (1903) y Jardines lejanos (1904) sitúan claramente la poesía del autor en la órbita del Modernismo intimista y simbolista: atmósfera quejumbrosa y doliente, sentimientos de soledad y melancolía, inevitabilidad del paso del tiempo, presencia de la muerte, recuerdos, jardines y flores (empleados a veces como símbolos eróticos), fuentes, paisajes otoñales, crepúsculos, importancia de lo musical, léxico decadente, adjetivación matizada, abundancia de sinestesias, etc.

Durante su estancia en Moguer compone numerosos libros, publicados después: Elejías (1908-1910), Las hojas verdes (1909), Balada de primavera (1910), Pastorales (1911), La soledad sonora ((1911), Poemas magníficos y dolientes (1911)... En muchas de estas obras se reiteran todavía los motivos modernistas de los libros anteriores, e incluso en alguna se acentúa la ornamentación modernista: adjetivación brillante, alejandrinos, atrevidas sinestesias, etc. Sin embargo, otros elementos preludian otra poesía más personal: búsqueda de lo cotidiano y de la vida sencilla, descubrimiento del paisaje e identificación con la Naturaleza, delicada ironía, la aparición del medio rural, el tono amable, el sentimiento de ternura hacia los niños y la sensibilidad hacia el dolor ajeno.
Sus dos libros posteriores, Melancolía (1912) y Laberinto (1913) muestran ya el camino metafísico que seguirá luego la poesía juanramoniana.


La época intelectual (1916-1936)


Se inicia con un libro capital en la lírica contemporánea: Diario de un poeta recién casado (1917). El Diario rompe definitivamente con el Modernismo finisecular y abre la poesía española a las innonvaciones vanguardistas más características: verso libre, poemas en prosa, enumeraciones caóticas, palabras y frases en inglés, uso del collage, etc. Pero además de las muchas novedades formales, el Diario supone una nueva concepción poética en sentido más profundo. La paulatina desaparición de la anécdota conduce a una poesía esencial, poesía pura o desnuda, que busca la expresión de lo inefable casi a la manera de los místicos. El cielo y, sobre todo el omnipresente mar representan la Naturaleza concebida ya en forma panteísta. Ambos sugieren las ideas de unidad, armonía, orden cósmico. No obstante, aun perduran en Diario de un poeta recién casado las huellas de la Historia (estaciones, taxis, metro, tranvías, rascacielos, muelles, barcos, negros, sufragistas...), e incluso se advierte la realidad alienante de la gran ciudad moderna: 

"Es como si en un trust de malos olores todos estos pobres que viven aquí -chinos, irlandeses, judíos, negros- juntasen en su sueño miserable sus pesadillas de hambre, harapo y desesperación, y ese sueño tomara vida y fuera verdugo de esta ciudad", "New York, el marimacho de las uñas sucias"... García Lorca abundará en esta línea años después en Poeta en Nueva York. 


Los libros siguientes, Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919)Poesía (1923), Belleza (1923), prosiguen el proceso de intelectualización y abstracción. Los poemas suelen ser ahora breves y densos. A la búsqueda del ideal trascendente, de la suma perfección, la poesía está cada vez más depurada y estilizada, y su comprensión para el lector se hace más difícil. En línea con el aristocratismo novecentista, el poeta se dirige a la"inmensa minoría", "a la minoría siempre", aunque aclara reiteradamente que esos lemas no tienen un sentido clasista y que esa minoría se refiere exclusivamente a las personas sensibles, 

 que están en cualquier parte; no entre las jentes llamadas cultas ni escojidas, no entre la llamada minoría precisamente. [...] La inmensa minoría está también, y más quizás que en ninguna otra parte, en el verdadero pueblo. Yo he sido siempre (lo he demostrado toda la vida) un hondo amigo, un enamorado del pueblo. 

La estación total, publicada en Buenos Aires en 1946, recoge los poemas escritos por Juan Ramón entre 1923 y 1936. La índole metafísica de estos textos es progresivamente mayor: resulta clave en ellos el concepto de conciencia, una conciencia que debe permitir al yo escapar de los límites espaciales y temporales que impone la muerte. La conciencia así ensanchada se asocia a plenitud, desnudez, gloria, armonía, eternidad o inmensidad. El yo juanramoniano ansía lograr un estado de conciencia que explique las razones de la existencia no en función de un más allá, como las religiones al uso, sino como conciencia universal que confiera un sentido pleno a cuanto lo rodea en ese tiempo y espacio que constituyen su espacio vital. Ese anhelo de eternidad supone la abolición del devenir histórico y la creación de un

 paraíso sin historia. Espacio esencializado y desposeído, por lo tanto, de cualquier anécdota concreta y sucesiva con que se hace la historia. (de La estación total).

Juan Ramón Jiménez, Álvaro Delgado 


La época suficiente

Pertenece a la etapa suficiente todo lo escrito durante su exilio americano. Juan Ramón Jiménez continúa replegado en sí mismo en busca de la belleza y la perfección, aunque no tanto como para no preparar un amplio libro en favor de la República española, Guerra en España, que nunca pudo ver publicado. Su lengua poética se transforma en una especie de idiolecto poblado de múltiples neologismos (ultratierradeseante...). Tras un período de relativo silencio, publica Animal de fondo (1949), Tercera antolojía poética (1957), En el otro costado (1936-42) y Dios deseado y deseante (1948-49).

En Animal de fondo el poeta busca a Dios «sin descanso ni tedio». Pero ese dios no es una divinidad externa al poeta, sino que se halla en él y en su obra («tu esencia está en mí, como mi forma»; «en el mundo que yo por ti y para ti he creado»). Ese dios al que se refiere es causa y fin de la belleza.
En el otro costado aparece ya el poema titulado Espacio (publicado completo en 1954). En este poema en prosa, dividido en tres fragmentos, recrea líricamente los conceptos claves del último Juan Ramón (la unidad profunda de todo lo existente, la visión panteísta de la realidad, la conciencia del poeta como Dios que da sentido al mundo) mediante una especie de acumulación caótica de recuerdos y evocaciones de su vida y obra anterior.

Dios deseado y deseante (1948-49) supone la culminación de Animal de fondo. El poeta llega a la identificación definitiva con Dios, un Dios que nada tienen que ver con el cristiano: "No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo / ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano [...] / Yo nada tengo que purgar".


Es un dios creado por el poeta, fruto de su esfuerzo casi místico de depuración y perfección. Un dios que se identifica con la Naturaleza y con la Belleza: "Eres dios de lo hermoso conseguido / conciencia mía de lo hermoso". Sin embargo, el tercer fragmento de Espacio, último poema en el tiempo de Juan Ramón Jiménez, pone en duda esa perfección alcanzada, y a armonía cósmica y la plenitud ansiada vuelven a parecer sólo ideales perseguibles.

Juan Ramón Jiménez, por J. Vaquero Turcios.

II.II. LA PROSA LÍRICA

No son los escritos e prosa una parte menor en la obra de Juan Ramón Jiménez. Desde muy pronto fue costumbre suya anunciar la próxima aparición de sus numerosos libros en prosa. Sin embargo, sus abundantes textos periodísticos se publicaron casi siempre de modo provisional en periódicos y revistas. Una notable excepción es Platero y yo, que editó por primera vez en 1914 y en su versión definitiva, muy ampliada, en 1917. En él, con un estilo en el que abundan todavía los rasgos modernistas, pero en el que se hace evidente el propósito de superación del Modernismo, el autor muestra el anhelo de gozosa armonía con la Naturaleza. Como en los libros en verso de la época de Moguer, la delicada ironía, el sentimiento cordial, el ansia de belleza, la presencia del medio rural y la actitud afable son características de Platero y yo. Sin embargo, no todo el libro es una exaltación vital y felicidad. Igual que en otros textos de Juan Ramón Jiménez, el orden y la armonía cósmica se ven amenazados por la violencia, el odio, la injusticia, el dolor y la muerte. Platero y yo no es,por tanto, ni una fábula, ni una obra didáctica ni un libro escolar, sino que él como en toda su literatura, su autor

expresa sus sentimientos y deja traslucir sus deseos, la belleza como verdad, como religión, como equilibrio universal. […] el poeta intenta acercarse a la perfección. Una ascensión mística hacia la belleza. [Jorge Urrutia: Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez: la superación del Modernismo].


De sus otros proyectos periodísticos, cabe señalar que a partir de 1920 comenzó a publicar Españoles en tres mundos, colección de caricaturas líricas en las que relata a los intelectuales contemporáneos. Son textos en los que se combina la exageración expresionista con el humor y la ironía, para conseguir anula el sentimentalismo y distanciarse de la realidad observada.

También escribe textos autobiográficos como vehículos de expresión para rememorar sus recuerdos. En ellos hay una permanente necesidad de superar el pasado, de revivir lo olvidado.

II.III. LA PROSA CRÍTICA: LA POÉTICA DE JUAN RAMÓN

A la vez que desarrolla su obra de creación, Juan Ramón escribía numerosos textos de prosa crítica y de reflexión teórica, muy valiosos porque permiten comprender de primera mano cuál era su concepción de la poesía, así como su evolución literaria e ideológica.

Para Juan Ramón la poesía es una forma de conocimiento (primero del yo y luego de la realidad que lo rodea) y una forma de realización ontológica.  Busca en la poesía la satisfacción de sus ansias de infinito, algo que no podía ofrecer la religión tradicional. La poesía aspira a reconstruir una visión totalizadora del universo, a revelar valores y significados nuevos de las cosas y, en definitiva, a ampliar la realidad. Además, sirve de expresión de los sueños, intuiciones, fantasías e imágenes del poeta. Se concibe, pues, la poesía como una actividad espiritual. Ello es consecuencia de la influencia determinante que en Juan Ramón tiene el pensamiento krausista:

La filosofía que siguen fundamentalmente los institucionalistas, el krausismo, había unido estética y moral al decir que lo bello educa el espíritu haciéndolo igual a él. Juan Ramón, como la mayoría de los intelectuales contemporáneos, asume esta convicción […] se inscribe en el ideal gineriano de progreso moral interior por el cultivo de la sensibilidad y la inteligencia. Según ellos, vida y poesía nos guiarán mejor que ningún progreso científico o técnico a un sentido armonioso de la vida.
[María Jesús Domínguez Sío: La pasión heróica (Don Francisco Giner de los Ríos y Juan Ramón Jiménez)]

Se entiende así como en Juan Ramón Jiménez se igualan estética y ética, puesto que para él la depuración y purezas literarias son el camino de la perfección personal.


La influencia institucionalista, con su revalorización del folclore y de lo popular, es también determinante en importantes aspectos de la poesía juanramoniana, que halla en las coplas y cantares tradicionales motivos temáticos, métricos, rítmicos y diversos recursos técnicos. En la poesía popular

alaba el sincretismo y la hondura, cualidades que se pliegan bien a su concepto de poesía desnuda. Percibe su huella en los más excelsos poetas, entre los que sobresalen San Juan de la Cruz y Bécquer.
[María Isabel López Martínez: La poesía popular en la obra de Juan Ramón Jiménez]


El poeta de Moguer será el puente entre el popularismo posromántico y el neopopularismo de los poetas del 27, aunque algunos de éstos retornan a veces a una fácil imitación de lo popular que no se da nunca en Juan Ramón, donde lo tradicional se estiliza y adapta a las características propias de su poesía. 

Apuntes tomados de LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA II, edición de Julio Rodríguez Puértolas, coordinada y supervisada por Ignacio Bosque. Akal, 1999. 




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