jueves, 25 de mayo de 2017

LITERATURA ESPAÑOLA ENTRE 1940 Y 1975 (NARRATIVA)

I. MARCO HISTÓRICO

La Guerra Civil española supuso una ruptura en la evolución de la cultura con respecto a las corrientes europeas. Tras el conflicto bélico el panorama cultural se ve condicionado por las siguientes circunstancias:

·        España queda sumida en un profundo aislamiento tanto cultural como político: se   cerraron las fronteras a toda influencia que pudiera ser nociva para el orden político establecido por la dictadura y se instauró un fuerte aparato de control y censura de las publicaciones. En este sentido, cualquier propuesta artística debía tener el beneplácito de los poderes eclesial y político.

·        Los escritores jóvenes carecen de modelos estéticos. La generación del 27, que se hallaba en plena madurez creativa, se deshace bruscamente: Federico García Lorca es fusilado durante la Guerra Civil; otros autores parten al exilio (Salinas, Cernuda, Guillén, Alberti). Los pocos que se quedaron en España (Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso) se convierten en prácticamente los únicos referentes para los creadores de posguerra.

·        Juan Ramón Jiménez continúa siendo un referente literario vivo, aunque su estética empieza a ser superada por otras formas y temas poéticos, más próximos a la compleja realidad social.

·        La escasa producción literaria nacional favorece el auge de las traducciones de autores pocos comprometidos para llenar el hueco editorial.

·        El también bélico que caracteriza al momento histórico genera, en el plano literario, tendencias al escapismo (la comedia evasiva) o la temática de guerra exaltando al bando vencedor.

·        En los años cincuentas se observan ciertos cambios socioeconómicos que anuncian una incipiente apertura del régimen franquista que se extiende hasta la década de los sesenta. Se producen migraciones del campo a la ciudad, lo que provoca el nacimiento de barrios obreros y suburbios, ambientes ampliamente retratados en la literatura del momento. Todo ellos originará la aparición de nuevas tendencias en el panorama literario español, al generalizarse una mayor preocupación por problemas de índole social. Por otra parte, España se incorpora lentamente a organismos internacionales, como la ONU (1955), y se observa una tímida liberalización intelectual.

·        Los años sesenta representan el comienzo de cambios sustanciales en la vida social, económica y cultural de España. El tímido aperturismo que ya se vislumbró en la década anterior se confirma y da paso a una época histórica caracterizada por una mayor presencia de nuestro país  en el ámbito europeo y mundial. Al desarrollo económico, impulsado por la industrialización y el aumento del turismo, se une el incremento de contactos con el exterior y cierta flexibilidad en el control de la censura. Con todo, autores como Juan Goytisolo o Juan Marsé ven prohibidas algunas de sus novelas.

II. LA LITERATURA EN EL EXILIO

Un estudio que no contemplase la aportación de los autores que hubieron de salir de España por motivos políticos sería incompleto, pues la labor literaria de los exiliados redundará, a la larga, en beneficio del desarrollo de nuestras letras. La nostalgia de España y la desazón por la derrota republicana se convierten en temas comunes. Del mismo modo, podemos señalar que estos autores exiliados integran a la perfección escenarios, estilos y costumbres de los lugares a los que llegan (Francia, México, Estados Unidos…).

II. I. NARRATIVA.

Los narradores en el exilio conforman un grupo extremadamente heterogéneo. Estos narradores mezclarán el tema del dolor por la guerra y la patria perdida (a menudo idealizada) con las técnicas propias del Realismo y la humanización de la novelística anterior al conflicto bélico, junto a los experimentos más vanguardistas.

·        Ramón J. Sénder. Autor de Crónica del alba (1942-1957) y Réquiem por un campesino español (1960), destaca por sus novelas de corte clásico.

·        Max Aub. Creador de la serie El laberinto mágico (1938-1968). Se trata de obras basadas en la Guerra Civil, compuestas por un lenguaje exquisito.

·        Rosa Chacel. Novelista innovadora y partidaria de un estilo vanguardista. Su obra más representativa es La sinrazón (1960).

·        Franciscon Ayala. Este granadino es el creador de una novela caracterizada por el preciosismo técnico y estético, con una intensidad conceptual sorprendente, su obra fundamental es Los usurpadores (1949).

II.II LÍRICA

La mayoría de poetas exiliados procede de la generación del 27 (Guillén, Salinas, Cernuda, Alberti). También vivió en el exilio hasta su muerte Juan Ramón Jiménez. Muchos de ellos cultivan temas recurrentes en torno al paraíso perdido, la armonía rota por la guerra, el paso del tiempo y la muerte. Otros poetas reseñables son:

·        José Moreno Villa. Definido como el poeta de la nostalgia, es conocido por La noche del Verbo (1942).

·        León Felipe. Se trata de un autor inclasificable y, con frecuencia, injustamente olvidado. Maestro del versículo, dedica poemario cargados de dolor a la España de los derrotados como Español del éxodo y del llanto (1939).

II.III TEATRO

Además de los autores del 27 (Salinas y Alberti escriben por estos años un teatro muy interesante), destaca la labor realizada por multitud de dramaturgos españoles exiliados en América, que lamentan la distancia de la patria. Tal es el caso de Alejandro Casona (La dama del alba, 1944) o Max Aub (Morir por cerrar los ojos, 1944).

III. NARRATIVA DE POSGUERRA

La Guerra Civil provoca una fisura muy profunda con la tradición anterior: quedan rotas o abandonadas las tendencias renovadoras y experimentales impulsadas por Unamuno o Valle-Inclán y las propuestas novecentistas no tienen continuadores. En cambio, se observa cierta relación entre la novela de posguerra y el Realismo del siglo XIX. Es esta una tendencia que ya se había manifestado en los años de preguerra en autores como Ramón J. Sénder, pero cuyos frutos habían sido silenciados por la represión cultural que supuso la censura.

III. I. LOS AÑOS CUARENTA: EL REALISMO TREMENDISTA

Aunque se amplían los temas literarios con relación a los años de guerra, los años cuarenta están marcados por las consecuencias del conflicto. Conviven por entonces diversas tendencias: a las notas triunfalistas, el deseo de evasión (principalmente en el ámbito teatral) o el retorno al formalismo clásico (sobre todo entre los poetas), pronto se une una literatura inquietante y cargada de angustia, presente –por ejemplo- en la poesía desarraigada de Blas de Otero o Gabriel Celaya, o en novelas como La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela y Nada (1945) de Carmen Laforet. En esta última línea predomina el enfoque existencial que suele ser producto de las posguerras, así como una incipiente preocupación social, no fácilmente perceptible debido a la dura censura de estos años.

Desde un punto de vista técnico, la época está marcada por cierta desorientación y por la búsqueda de cauces por los que pueda transcurrir una literatura acorde con el momento que se vive (realismo barojiano, novela psicológica, heroica, poética, simbolista…). Esta situación incierta se ve agravada por la desconexión con el pasado literario inmediato: se “secuestran” las novelas existenciales de preguerra y se desconocen las obras de los exiliados; la novela novecentista (deshumanizada) se encuentra muy alejada temáticamente de los tensos momentos que se viven. Solo Baroja parece conectar con las preocupaciones de estos autores.

Sin embargo, a pesar de las dificultades propias del momento (guerra, exilio, incomunicación, censura, falta de modelos…), el género va renaciendo paulatinamente de la mano de escritores notables como Miguel Delibes, Camilo José Cela, Carmen Laforet, Ana María Matute… Hay cada vez más lectores y se fomentan los concursos literarios (como el premio Nadal).

Una de las primeras líneas de estos años fue el llamado tremendismo, inaugurado por Camilo José Cela con su novela La familia de Pascual Duarte. En esta breve pero intensa narración, Cela ofrece una agria visión de los aspectos más míseros y brutales de la realidad. La obra triunfó rápidamente y la fórmula propuesta, consiste en desquiciar la realidad en un sentido violento y en presentar sistemáticamente hechos desagradables e incluso repulsivos, fue muy imitada (Miguel Delibes en La sombra del ciprés es alargada, si bien con una honda religiosidad, o Ana María Matute en Los Abel).

III. II. LOS AÑOS CINCUENTA: EL REALISMO SOCIAL
“Hacia 1951 la literatura española, andadas  ya la trochas del tremendismo, dio un giro a su intención y empezó a andar la senda del realismo objetivo”. Con estas palabras, Camilo José Cela señalaba el cambio de rumbo que afectaría a la narrativa española en los años cincuenta. 1951 es el año de publicación de La colmena, segunda obra de Cela, con la que se inicia el decenio marcado por la estática del realismo social, que supondría el enriquecimiento de nuestro panorama novelesco. Siguen publicando autores de la época anterior (Miguel Delibes, El camino en 1950 y Mi idolatrado hijo Sisí  en 1953), pero se producen hechos significativos que nos permiten hablar de una nueva etapa: tímida apertura al exterior, migraciones del campo al exterior…

Surge una generación de narradores  que comparten principios ideológicos temáticos y formales, elk objetivo de estos novelistas consiste en ofrecer el testimonio de la realidad española desde una conciencia ética y cívica. Además, que la palabra sirva de estímulo para el cambio social (la literatura se concibe como un arma política), aunque son pocos los que adoptan una postura extrema (pues hubiera llevado a la censura, al exilio o a la cárcel); por ellos la mayoría opta por moderar la denuncia para que llegue al mayor número de lectores.

El relato trata de reflejar de modo objetivo la realidad. Así, el narrador no comenta los hechos que relata ni se implica en ellos: se limita a presentar escenas, personajes y hechos como si fuera una cámara cinematográfica. A esta forma de narra se le denomina objetivismo. Mediante esta técnica se persigue, además de adoptar una nueva posición narrativa, eludir en cierta medida la censura. A esta tendencia pertenece Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite.

Se han señalado diversos precedentes de la literatura objetivista: el neorrealismo italiano (sobre todo el cinematográfico: Vittorio de Sica o Visconti), algunos escritores americanos de la llamada generación perdida y, en menor medida, el nouveau roman francés. Entre los españoles, los críticos han hablado del influjo de Galdós y Baroja, y la admiración que despierta Antonio Machado.

El grado máximo de la técnica objetivista será el conductismo, en el que el narrador se limitará a registrar la pura conducta externa de individuos o grupos y a recoger sus palabras, sin comentarios ni interpretaciones; una muestra es, en alguna de sus partes, El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio.

Por otra parte, ciertos autores optan por una crítica más directa, en la que lo social es el contenido básico, a veces en detrimento de la estética tradicional. Este grupo lo constituyen, entre otros, José Manuel Caballero Bonald, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Alfonso Grosso, Juan Marsé… La técnica empleada en sus obras ha sido denominada realismo crítico, que consiste en la denuncia de las desigualdades y las injusticias, no mediante la reproducción de la realidad sino a través de su explicación y análisis, descubriendo sus mecanismos más profundos. En estos autores es decisiva la influencia de los novelistas americanos de la generación perdida.

TEMAS Y ESTILO

Los temas recurrentes en estos novelistas son el desaliento, la insatisfacción, la soledad en medio de la sociedad, el recuerdo de la guerra y sus consecuencias. Indagan tanto en la España urbana como en la rural. Los principales campos temáticos de los escritores del medio siglo son:

·        La vida en el campo: Los bravos (1954) de Jesús Fernández Santos; Dos días de septiembre (1962) de José Manuel Caballero Bonald; La zanja (1961 de Alfonso Grosso.
·        El mundo del trabajo y las relaciones laborales: Central eléctrica (1958) de Jesús López Pacheco.
·        La ciudad: La colmena (1951) de Camilo José Cela.
·        La vida de la burguesía: Juegos de mano (1954) de Juan Goytisolo.

En general predominan en estas novelas los espacios abiertos: el campo, el mar, las aldeas, lo arrabales…

Los protagonistas son seres solitarios que viven aislados dentro de sus barrios o grupos. Es una soledad que nace de la desconexión entre ricos y pobres, campo y ciudad, pueblo y Estado. La razón última de esta soledad está en la división de los españoles, recrudecida por la guerra.

En estas obras de los años cincuenta destaca, pues, un desplazamiento de lo individual a lo colectivo: la sociedad española se convierte en tema narrativo.

El estilo se caracteriza por una deliberada pobreza léxica y por una tendencia a recoger los aspectos más superficiales de los registros lingüísticos  populares o coloquiales. No obstante, no es un estilo descuidado, pues en bastantes obras se muestra un notable interés por lo formal. Estos autores aportaron novedades, pero el contenido es prioritario frente a la experimentación técnica.

III. III LA NOVELA EXPERIMENTAL: SUPERACIÓN DEL REALISMO.

Se considera 1962 como la fecha de inicio de esta nueva etapa en la narrativa española. En este año se publican Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, obras con las que asistimos, por otra parte al boom de la narrativa hispanoamericana. Tras ciertas reticencias, puede decirse que las formas se imponen hacia 1966.1967, y se da fin al realismo social.

El cambio se vio impulsado con la incorporación de figuras consagradas de la generación del 36 (Camilo José Cela o Miguel Delibes) y de la década de los cincuenta (Juan Goytisolo). Básicamente, la renovación de la creación novelística se fundamenta en los siguientes factores:

·        Los lectores, que asisten a un nuevo panorama socio-económico, se sienten cansados de la novela social, centrada en los aspectos críticos y desinteresada en la forma. El propio Juan Goytisolo confirmaba la ineficacia de la literatura como arma para transformar el mundo: “Supeditando el arte a la política rendíamos un flaco servicio a ambas: políticamente ineficaces, nuestras obras eran, para colmo, literariamente mediocres; creyendo hacer literatura política, no hacíamos ni una cosa ni otra”.
·        El desengaño de la función social de la novela conduce a una renovación de los aspectos formales y a la recuperación de la imaginación y del subjetivismo, lo que favorece a los elementos líricos.
·        La irrupción de la novela hispanoamericana (con autores de la talla de Mario Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Borges o Sábato) y el conocimiento de la obra de autores exiliados contribuyen al florecimiento de esta nueva etapa.

En este período se habla de novela estructural o experimental, concepto que afecta a tres aspectos de la composición de la novela:

·        Relieve de la estructura formal (disposición en partes).
·        Indagación de la estructura de la conciencia personal (habitualmente del protagonista).
·        Exploración de la estructura del contexto social.

Este nuevo concepto de novela, basado en lo que se ha denominado deconstrucción (construcción a partir de la destrucción de los modelos anteriores), implica también transformaciones en todos sus elementos: acción, personajes, punto de vista, estructura, diálogos, descripciones.

CAMILO JOSÉ CELA

Nació en Iria Flavio (La Coruña). Realizó estudios de diversas carreras (Medicina, Filosofía y Letras y Derecho) pero no concluyó ninguna. Una enfermedad le hace pasar un largo período de reposo que dedicó a la lectura de nuestros clásicos. Tras el éxito de su primera novela, La familia de Casual Duarte, se dedica por entero a la literatura. En 1957 ingresó en la Real Academia Española. Recibe en 1984 el Premio Nacional de Literatura, en 1987 el Príncipe de Asturias, en 1989 el Premio Nobel de Literatura y en 1995 el Premio Cervantes.

Cela está considerado el iniciados del tremendismo con la publicación en 1942 de La familia de Pascual Duarte, uno de los principales acontecimientos novelísticos de la posguerra.

Su segunda gran obra, La colmena (1951), es un retrato fiel de la amarga realidad de la posguerra, condicionada por el hambre, el miedo y el sexo. La acción se desarrolla en Madrid, en los años cuarenta. No hay un único protagonista: por la novela desfilan alrededor de doscientos personajes. Se trata de un gran retrato social, una “novela coral” cuyos personajes se retratan hablando; sin embargo, no podemos hablar de conductismo, ya que las intervenciones del narrador, llenas de humos y de ternura, nos lo impide. Está en el límite entre lo existencial y lo social, y supone el inicio de la novela social de los cincuenta.

A partir de los años 60, Cela se suma a las corrientes renovadoras de estos años. Así, publica San Camilo, 1936 (1969), un monólogo interior situado en Madrid a comienzo de la Guerra Civil. Esta obra recoge lo más sórdido y oscuro de la ciudad, la violencia y, sobre todo, el sexo. Oficio de tinieblas (1973) continúa n esta línea de innovación. Su última novela, Madera de boj (2000), plasmó el mundo interior del novelista.


MIGUEL DELIBES

Cursó estudios de Derecho, Periodismo y Comercio (materia en la que ejerció como catedrático), aunque comenzó trabajando como caricaturista y empleado de banca. Escribió en el diario El Norte de Castilla, publicación de la que llegó a ser director. En 1947 gana el Premio Nadal por La sombra del ciprés es alargada. Con la publicación de El camino (1950) se consagra definitivamente como escritor. En 1954 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su novela Diario de un cazador. A partir de ahí se suceden los premios y reconocimientos por su labor, así como el dictado de conferencias por todo el mundo. Ingresó en la Real Academia Española en 1973; en 1982 obtiene el Premio Cervantes y en 1993 el Príncipe de Asturias.


OBRA

Miguel Delibes está considerado como el máximo representante del realismo intimista. En una primera etapa de su producción, aborda los temas de la tristeza y la frustración. Buen ejemplo de ello es La sombra del ciprés es alargada (1947), novela preocupada por lo humano, de profunda hondura psicológica, cuidadas descripciones del paisaje y diálogos expresivos. En su segunda etapa escribe El camino (1950), Las ratas (1952) o Mi idolatrado hijo Sisí (1953), entre otras obras, todas ellas novelas representativas del realismo social. Las dos primeras se enmarcan en el medio rural, la tercera narra las costumbres y la mentalidad de la burguesía provinciana.

La obra cumbre de Delibes, Cinco horas con Mario (1966), es el largo monólogo de una mujer que vela a su marido recién fallecido. Dos sentimientos se baten en su interior: la culpabilidad por un adulterio (deseado pero no cometido) y la frustración, pues cree que su marido la apartó injustamente. En 1982 aparece Los santos inocentes sobre la degradación que sufre una familia rural explotada por los señores-amos de un cortijo de Extremadura.

ESTILO

Delibes se caracteriza por su capacidad para construir personajes, reflejar ambientes y por su dominio del léxico y de registros lingüísticos variados, en especial del habla popular, con el que alcanza sus más altas dosis expresivas.

ANA MARÍA MATUTE

Ha sido una de las escritoras más premiadas del siglo XX: recibe una mención especial en el Premio Nadal en 1947 por Los Abel, Premio Café Gijón 1952 con Fiesta al noroeste, Premio Planeta 1954 con Pequeño teatro, Premio de la Crítica 1958 y Premio Nacional de Literatura 1959 con Los hijos muertos, Premio Nadal 1959 con Primera Memoria, y un largo etcétera. En 1966 publicó uno de sus mayores éxitos, Olvidado rey Gudú. En 2008 salió a la luz su novela Paraíso inhabitado. Está considerada como la mejor novelista española de la posguerra. Murió en 2014.

OBRA

Ana María Matute es una escritora personal e independiente (“Escribo a mi aire, y pare usted de contar”, afirmó en una ocación); se aprecia en ella una tendencia a presentar la realidad transformada por su propio punto de vista. Su obra está marcada por el pesimismo y dominan en su producción los tonos trágicos y sombríos. Deja ver los problemas sociales y la situación del hombre en la realidad cotidiana.

Podemos clasificar la obra de Ana Maria Matute en dos grandes bloques:

·        Obras de tono realista, como Pequeño teatro, Los Abel, Fiesta al noroeste, Los hijos muertos, Primera memoria, en la línea estudiada de la novela de posguerra, si bien con un tono siempre personal, ya que a veces manipula la realidad en beneficio de la narración.
·        Obras de contenido fantástico, entre las que se incluyen muchas de sus narraciones breves (La torre vigía, El tiempo…) y otras extensas (Olvidado rey Gudú). Algunas están destinadas al público infantil y juvenil.

ESTILO

Se ha valorado siempre en su obra la riqueza de la adjetivación y su capacidad para crear imágenes sugerentes, sensoriales y plásticas.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Nace en Roma, de padre español y madre italiana. Comenzó su andadura literaria con Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), la historia de un niño que es expulsado de la escuela por escribir en un alfabeto ininteligible. Con El Jarama obtuvo el Premio Nadal en 1955. tras estas dos obras se dedica a la reflexión crítica. Es también autor de relatos como Y el corazón caliente, y de artículos periodísticos. En 2000 obtienen el Premio Cervantes.

Alfanhuí, la obra con la que Sánchez Ferlosio se da a conocer, narra las aventuras mágicas y las visiones del mundo del niño que da título a la novela. Puede considerarse como un antecedente del realismo mágico hispanoamericano, que tendrá enormes repercusiones en la narrativa española de los años sesenta.

El Jarama es una muestra representativa de los rasgos principales de la narrativa de los años cincuenta: personaje colectivo, técnica cinematográfica y trascripción del lenguaje coloquial. En la novela domina casi por completo el diálogo.



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